Crea y vuela: Del yo, mí, me, conmigo al nosotros, vosotros y ellos

La noticia hablaba de la vuelta del “hazlo tú mismo”. Ana Barredo en El Pais escribe: “Los clientes pueden no solo consumir alimentos ecológicos, sino aprender a fabricarlos”. Te compras los cachivaches adecuados y fabricas cerveza en tu casa. Eliges los ingredientes con garantía de ser ecológicos, y a pasarlo bien.

Y ejercitas la creatividad poniendo tu toque personal. Sólo que regresamos al “yo, mi me, conmigo autosuficiente”. Parece que nos resistimos a transformar la solución de los problemas en una oportunidad de compartir recursos y capacidades. Compartir, es decir, partir con otras personas hacia algún lugar en el que seremos útiles cooperando.

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¿Por qué la colaboración con otras personas, con otras empresas, añade valor al resultado de un proceso? La respuesta es sencilla, porque nos permite ampliar el alcance de lo que hemos hecho, de lo que nos proponemos hacer. Llegaremos a lugares que no alcanzaríamos si fuéramos solos. Y, sobre todo, compartiríamos por igual la aportación y el ingreso de recursos y capacidades, de dinero y de conocimiento.

No pondremos ejemplos. La lectura atenta de lo dicho permite entender el argumento.

Y no parece que lo  adecuado sea insistir en predicar el  “hazlo tú mismo”. Bueno, cualquiera que intente producir algo: un fruto en el huerto, un bizcocho en la cocina o una silla en el taller,  precisará de una tecnología, de unos proveedores, de colaboradores, de herramientas que alguien fabricó, de unos maestros, de una atmósfera, de un ritmo, de recursos, de habilidades, etc.

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Y ¿ganaremos calidad de vida? Si sabemos componer un conocimiento para compartirlo, sí. De otro modo, el pseudo “¡Hágalo Ud. Mismo!” será un modelo de consumo, y poco más. Y cuando elaborando mi cerveza, mi pan, mis jerséis, cultivando mi huerto, reparando mis muebles, componiendo mis canciones, etc. consuma “tecnología” y mi tiempo, y deje de participar en acciones colectivas, en la labor de empresa, en la generación de estructuras y formas de cooperación, habré regresado a una edad media, tecnológica sí, pero nada sostenible.

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La tendencia a generar autosuficiencia en los individuos y en los colectivos nos hace renunciar a participar en espacios de cooperación. Y, lo que es peor, nos invita a encerrarnos en ese “territorio de la autosatisfacción”, para acabar dando lugar a una endogamia que no favorece el intercambio de recursos y capacidades con otros, impidiendo la hibridación de los aportes culturales, la regeneración del conocimiento colectivo, la dinamización del liderazgo compartido, etc.

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“La escuela del bien vivir”, en Madrid, es, en último término, un ejemplo de lugar de encuentro en el que se dan acciones de colaboración. Pero el “háztelo tú mismo” no puede ser el criterio a promover. De ésta no saldremos si no aprendemos a “hacerlo en colaboración con otros”.

Los promotores de la escuela, buscan “abrir un espacio de intercambio directo entre productores y consumidores donde puedan recomponer el vínculo con lo que comemos. ¿Quién lo hace? ¿De qué está hecho? ¿Qué beneficios tiene lo que estoy comiendo para el medio ambiente o para las personas?”

Nosotros añadimos: ¿Cómo podemos dar lugar a una creatividad compartida, que se activa en todas las fases de la cadena de la oferta? ¿Que no sólo incremente la riqueza de los que aportan la tecnología? ¿Capaz de generar espacios éticos, territorios sin fronteras físicas, en los que nos unan valores compartidos?

Lo que resuelve el punto crítico: hacerlo en colaboración no sólo para garantizar la identidad del producto, sino para dar lugar a un intercambio efectivo de valores que nos devuelvan la dignidad, que los servicios no concluyan en la tarea, sino que alcancen a modular las percepciones, asistir a las emociones, etc.

Aprendamos a “hacerlo en colaboración” para conseguir algo más que consumir insumos y elaborar un producto, sino para obtener un conocimiento que crece en comunión con el del otro, un aprendizaje de la interacción más allá del beneficio personal, para alcanzar el “bien común”.

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Y, será entonces cuando tendrá sentido “un espacio compartido donde experimentar la buena vida”. Un espacio para crear y volar, como hacen los ánades, en grupo.

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Publicado en Marco de referencia.

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