La metamorfosis del gusto, un compromiso continuado con el conocimiento

Se estremece. Reconoce, mientras comparte un atardecer de invierno, que ella es inteligente y creativa, y todo su ser y estar quedan en suspensión. No sabe cómo reaccionar cuando la adivina inmersa en la necesidad de recrear su existencia; la perplejidad le invade. Su carácter de creativa autodidacta es la consecuencia de un compromiso continuado con el conocimiento.hqdefaultConversan. Más allá de la identificación de una oportunidad, está el compromiso con los pequeños objetivos que configuran el conocer y el componer.

Supo de ella, y le importaron sus palabras y los valores que asomaban detrás de sus manos.

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Rosa Rivas, refiriéndose a Dominique Crenn, la primera mujer en obtener dos estrellas Michelin para su Atelier Crenn en San Francisco, afirmó: “Una cocinera con mano poética y reivindicativa.” Un titular que le viene bien, referencia a las manos que modulan las manifestaciones de la fragilidad, de la ternura; de la restauración de los modos y los modelos de vida; de la consciencia de los matices, de los aromas y sabores, en cada propuesta.Dominique-Crenn-in-Her-Zone-1024x682-272x182

“No creo en la perfección, sino en la evolución”, asegura Dominique Crenn. Las descripciones del menú, que cambia con las estaciones y el estado de ánimo de su autora, son intrigantes micropoemas, afirma Rivas: “Paseo por el bosque; lo salvaje y lo frío”. “Foie gras y matices invernales”. “El mar está en mí, tan salvaje y misterioso”. “Saboreando la blanca y lujosa almohada”. “Toco la tierra y juego, con su fría luz lechosa”.

La creatividad, esa metamorfosis del gusto, de la que habla Crenn, precisa de ingredientes, de criterios con los que gobernar los procesos, de voluntad de responder a todas las demandas de los contertulios, con los que gozar de los valores compartidos.

DOMINIQUE-CRENN-245x300Dominique elige: “Es comida casera, sobre todo marisco y verdura. Es un sitio informal, no hay camareros, es como un hogar donde hay una interacción entre la cocina y los invitados, que conocen de dónde viene el alimento y la gente implicada. Se servirá muy poca carne, es un mensaje contra la superproducción”.

Piensan, en su deambular por las veredas y los riscos, que Dominique es el símbolo de todas las mujeres que deciden establecer un modo de existencia, que afronte la complejidad con decisiones inteligentes, con objetivos bien identificados, y con conductas creativas, dispuestas a traducir los sueños y las ocurrencias en estímulo del cambio.

Emulando, asiente ella mirando al horizonte, a quienes son capaces de expresar con su personalidad la invitación al goce: de experiencias, de sentimientos, de manifestaciones individuales y colectivas.

Adivinan la gran condición que hace posible ese ejercicio del vivir: equilibrar la relación con el entorno, habitarlo, reduciendo el efecto de sus amenazas, y asumiendo cada factor capaz de catalizar el buen provecho de las oportunidades.

Dominique lo hizo así: Aterrizó en California a los 21 años y se enamoró de San Francisco, ciudad que le recuerda a Europa y le parece que tiene “todo lo que quieres en la vida: mar, montaña, vegetales, vino…”.principalAsí sucede, cuando caminas haciendo camino; cuando conviertes el campo de juego en atmósfera de interiorización e intercambio de silencios; cuando transformas las relaciones banales en comunicación con sentido, y gozas de la belleza.

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Del talento, ese referente académico y narcisista, no hace condición, porque el talento no es capaz de suplir la ignorancia sistémica, si no califica al trabajo en equipo, en el que se manifieste como relevante la convergencia de la acción de todos. “Tengo un equipo con gente de mucho talento. No trabajan para mí, trabajan conmigo”.

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De todos, incluidos los comensales, los pacientes, los lectores, los usuarios, los clientes, los receptores últimos de la acción: “La idea era abrir algo más que un restaurante, un sitio donde la gente pudiera ­reunirse y crear algo más que comida. Yo me siento niña y necesito rodearme en mi equipo de gente que también se sientan como niños, en curiosidad permanente, y esto anima el proceso creativo. No tenemos prejuicios ni fronteras. Queremos mantener un diálogo con todos los que vienen al restaurante y activar la memoria del ­comensal”.

Sin el afán de editar un relato concluyente, sólo con el propósito de compartir las reflexiones de un atardecer de invierno, interrumpen el tiempo de las palabras y se abrigan en los silencios. Caminan.

PETIT CRENN

La metamorfosis del gusto

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